(Drømmer; Dag Johan Haugerud, 2026)

Sueños (sexo amor) se siente diferente a la mayoría de las películas sobre el amor porque se acerca a él, no del lado de los sentimientos, sino del de las ideas. Lo trata como un fenómeno privado que, por supuesto, necesita de otra persona, pero que ocurre principalmente en nuestra mente. En ella veo reflejados dos pensamientos centrales a un libro que fue igualmente formativo a mi idea juvenil del amor romántico, La trama matrimonial de Jeffrey Eugenides. Una es del moralista francés François de la Rochefoucauld, sobre cómo “las persona no se enamorarían si no hubieran escuchado hablar del amor.” Y otra de Roland Barthes que dice que “el discurso amoroso es hoy de una extrema soledad”.

Para Johanne (Ella Øverbye), una adolescente de diecisiete años y la protagonista de Sueños (sexo amor), la historia de su primer enamoramiento empieza, no con una persona, sino con un libro. Unas vacaciones, en la cabaña de su familia, su curiosidad la dirige a una novela con la que termina absolutamente cautivada. La novela narra la historia de una adolescente francesa que se enamora del tío adulto de una amiga suya. Cuando regresa a la escuela, casi como consecuencia directa de haber leído el libro, Johanne se enamora perdidamente de su maestra de francés, Johanna (Selome Emnetu)

La primera parte de la película se siente como leer el diario de Johanne. Su voz en off narra pensamientos que ella no se atrevería a compartir con otra persona. Registra detalles finos de la vestimenta de Johanna. Se imagina escenarios de ensueño, como a las dos yendo de compras y de vacaciones en España como pareja. Pero también situaciones catastróficas como a Johanna haciéndose amiga de todos los chicos de su clase menos ella. La narración es abundante y redundante, como buscando capturar la sensación de pensamientos que se desbordan. La impresión es de dos mundos separados. Las imágenes nos muestran el día a día de Johanne; la narración nos adentra a su mente, donde parece vivir en realidad. Ella menciona un momento de tranquilidad, consecuencia de ver a sus compañeros practicar una coreografía. Con eso la narración se detiene brevemente, ella ha regresado a la tierra por un momento.

Johanne encuentra una solución temporal al escribir todo eso que siente, convirtiendo pensamientos nebulosos en un objeto que puede tener en sus manos. El texto llega, primero a su abuela Karin (Anne Marit Jacobsen) y después a su madre (Ane Dahl Torp), quienes responden a él de maneras muy diferentes. Así como la novela que encuentra en la cabaña despierta los sentimientos de Johanne, sus palabras hacen lo mismo con Karin y Kristin. Si la primera parte nos ofrecía los pensamientos de una persona enamorada casi en una corriente de conciencia, ésta segunda, que los abre a dos mujeres mayores, se acerca a ellos con un razonamiento más frío o práctico. 

Karin, una poeta reconocida, reacciona primero como artista, reconociendo en el texto de Johanne una obra que merece ser publicada. Más adelante, su respuesta se parece más a una crisis de la tercera edad; la experiencia de su nieta despierta en ella una nostalgia por ese deseo que se cree incapaz de vivir de nuevo a su edad. Kristin reacciona como madre, preguntándose si los eventos que describe Johanne en su escrito, que incluyen numerosas situaciones sexuales, ocurrieron en realidad y si es necesario presentar cargos criminales—la película, más interesada en el intelecto que en el drama, nunca persigue esta línea narrativa en realidad. En una de las escenas más tensas, una reunión entre Kristin y Johanna se convierte en una pequeña interrogación. Ante preguntas de si Johanna sabía lo que Johanne sentía, y si ella misma empezó a sentir algo por ella, ella cuida sus palabras para aclarar que ninguna línea se cruzó en realidad. El hilo en común es el buscar la lógica en esos sentimientos que frecuentemente trascienden la razón.

Sueños (sexo amor) dibuja a sus personajes de manera muy esquemática, o más bien, los dibuja desde adentro. No se interesa mucho en su entorno, en los detalles prácticos de su vida. Más bien los piensa como vehículos para sus sentimientos e ideas. Las actitudes sociales a la atracción lésbica se limitan un breve intercambio (“¿Soy queer solo porque me enamoré de Johanna?”). En su lugar, el enamoramiento de Johanne es aceptado con naturaleza como representación de cualquier amor romántico. Esta falta de delineado exterior permite que la película se sienta con más fuerza. Sabemos que Johanne tiene amigas, pero sus apariciones son mínimas. El mundo de Johanne gira alrededor de su Johanna, alimentando esa soledad de la que hablaba Barthes. Johanna, superficialmente simpática, queda como el personaje menos explorado. Nos quedamos con la impresión de que Johanne nunca la conoció en realidad, y que lo precioso de un primer enamoramiento así está justamente en que no se concreta. En que nuestra inexperiencia nos deja imaginar (o soñar) todo lo bello y todo lo que duele a través del prisma de otra persona.

Sueños (sexo amor) forma parte de una trilogía temática ideada por el director noruego Dag Johan Haugerud. Es quizá la más conocida de las tres películas, al haber ganado el Oso de Oro, el premio mayor del festival de Berlín. Las abstracciones de su título se desarrollan a través de conversaciones que se sienten cercanas a cómo las personas razonamos nuestras propias vidas. La exploración de temas universales se ve matizada por referencias a sitios de la ciudad de Oslo, sugiriendo que el pensamiento de sus personajes es también moldeado por su entorno geográfico. Su recurso principal es el diálogo, fotografiado en un estilo realista funcional, aunque con acertados toques audiovisuales: la cinefotógrafa Cecilie Semec captura las escenas de Johanne y Johanna en un ámbar que sugiere calidez y protección, y la partitura a cargo de Anna Berg al mismo tiempo se siente nerviosa y placentera. Complementan una película generalmente amable, donde las situaciones nunca escalan al punto que lo hacen en la mente inquieta de su protagonista.


★★★★


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