(Max del Río, 2026)

A toda madre es un modesto milagro. Es una película que logra combinar dos cosas que pudieran parecer polos opuestos a través de un hábil manejo del tono y la intención. Se presenta con una superficie muy vulgar, como una colección de chistes políticamente incorrectos, cada uno más exagerado y grosero que el anterior. Pero debajo de ello hay una historia que se esfuerza por ser emocional, late un corazón más o menos progresista y tiene un mensaje que, para los estándares de la comedia comercial mexicana, es prácticamente feminista.

Su trama suena como lo más juvenil y simplón. Martín (el comediante Cojo Feliz), un hombre de treinta y tantos años, acaba de recibir la noticia de que su madre Hada (Lourdes Echevarría) se va a casar con Juan (Ricardo Pérez), el bully de él en la secundaria. En el momento cumbre de sus abusos, Juan aterrorizó a Martín jurando tener relaciones sexuales con su madre y ahora Martín está convencido de que este matrimonio es parte de un cruel plan que se ha estado cociendo por veinticinco años. En un acto precautorio de venganza, Martín y su mejor amigo Charly (Jaro Hernández) idean su propio plan para sabotear la boda teniendo relaciones sexuales con la mamá de Juan.

Una probada de los chistes de la película no disipa esta impresión. Cada uno de sus 85 minutos de duración es una oportunidad para extraer risas bajas con situaciones que involucran vómito, groserías, caídas, golpes y, por supuesto, el sexo. Pero la verdadera astucia no está en la ejecución individual de cada chiste (bastante sólida en general), sino en cómo la película los convierte en una extensión de sus personajes. A toda madre entiende que, si cierto tipo de humor conecta con nosotros, es en parte por las actitudes que contiene: a quién ataca y quién sale bien librado. En uno de sus chistes casuales, Juan entrevista a un abogado con enanismo, tratándolo como si fuera un niño. Aunque Juan es un personaje con el que la película en general nos orilla a simpatizar—todo indica que está sinceramente enamorado de Hada y que sus intenciones son buenas—el chiste igualmente lo deja como un idiota, mientras el abogado responde con dignidad. El chiste no es el enanismo, sino de la ignorancia de alguien que no lo entiende.

A toda madre sabe cómo encuadrar sus chistes en un sentido más. La fotografía, hecha mayormente en lentes angulares, exagera sus ocasionales momentos dramáticos (el funeral del padre de Martín, las amenazas del Juan adolescente, cuando Martín y Charly se hacen pasan por técnicos de la compañía de internet) y en general la sitúa en un mundo vagamente caricaturesco. El resultado es una película que se desvía liberalmente de la lógica del mundo real sin divorciarse enteramente de él. La secuencia en que Martín y Juan empiezan a conectar como padre e hijo es una parodia de ese tipo de historias sentimentales, pero también un ejemplo simpático de lo mismo.

Otra forma en que la película mantiene un pie en la realidad son sus atentas observaciones sobre la sociedad mexicana, particularmente en lo que se refiere a su tratamiento de la figura de la madre. Al inicio, Martín tiene poco o ningún interés en visitar a Hada; solo cuando la imagina amenazada por Juan es que decide hacer todo por “salvarla”. Claro, este mensaje no se construye con mucha profundidad. Hada nunca es un personaje propiamente desarrollado y no hay escenas desde su punto de vista. Y la película convierte a Ruth (Bombón Rodman), la madre de Juan, en una caricatura de la cachondez y la obesidad—aunque con suficiente ligereza que, para cuando llega su festivo final, no se siente cruel.

La película tiene una lección ridículamente simple: que las mujeres, incluso aquellas a las que vestimos con el velo santo de la madre sacrificada, también tienen deseos y una sexualidad que pueden vivir con entusiasmo. La gran epifanía de Martín es que su madre se casa, no porque haya sido manipulada siniestramente, sino porque eso es lo que quiere. Es una mentalidad estúpida y la película sabe burlarse de ella como de las formas patéticas que llega a tomar la masculinidad mexicana. Sea Martín, un hombre que en plena adultez sigue atorado en un pleito de la adolescencia. O Randy Ramsés (Adal Ramones), una parodia del rockero decadente que devora fentanilo en píldoras—la película cierra con una canción suya que es una joya cómica por sí misma. Al reírse de ellos, la película puede homenajear el sentido del humor de los programas más retrógradas de la televisión mexicana sin afiliarse a sus mensajes. Y eso le basta para trascender el sentimiento conservador o moralista que se ve en muchas comedias que han ocupado lugares similares en la cartelera.

Aunque hecha en un molde bastante comercial, con estrellas conocidas (Ramones, pero también Jesús Ochoa como el padre de Juan), A toda madre llega como la obra de relativos foráneos a la industria. Los papeles principales son ocupados por figuras más conocidas por YouTube o la comedia stand-up. El único largometraje anterior de del Río fue La película, que supo convertir sus raíces independientes y su pequeño presupuesto en virtudes—ese mismo espíritu se nota, por ejemplo, en la escena de la boda, donde el formato de video casero le deja estirar sus recursos al mismo tiempo que añade al caos. Es una bocanada de aire fresco, que en su sentido del humor, técnica visual y labor narrativa eclipsa lo que películas con presupuestos mayores frecuentemente nos entregan.


★★★1/2


Ko-fi

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