(Gael García Bernal, 2026)

Hombre al agua es un simpático enigma. Es una película que empieza como una cosa pero que constantemente se transforma, saltando entre tramas y géneros, nunca aferrándose a uno en particular. Pero su mutabilidad se siente intencional, no como una señal torpeza o inseguridad en su realización. Esta cualidad se justifica por sus mismos personajes. Sus pasados e intenciones, siempre nebulosos, nos dicen que las apariencias son engañosas pero también lo único que tenemos para entenderlos.

La trama gira alrededor de Camilo (Gael García Bernal), un salvavidas cubano que rescata de un ahogamiento a Don Abel (Jorge Salinas), un rico empresario mexicano que nadaba en la playa de Varadero. En agradecimiento por salvar su vida, Don Abel cambia la de Camilo de pies a cabeza. Le da un trabajo importante en su fábrica de cinchos de plástico en Mérida, Yucatán y le presenta a su hija Juana (Esmeralda Pimentel), una atleta de salto con garrocha, con la que Camilo pronto se casa. Este meteórico ascenso es mostrado en un montaje vertiginoso narrado por Naian González Norvind (la identidad su personaje es revelado solo en los créditos finales) pero éste solo cubre una parte del elaborado planteamiento de la película. Hospitalizado tras un accidente automovilístico, Don Abel le pide a Camilo que hospede a Silvina (Natalia Oreiro), su amante embarazada, en la espaciosa haciendo en la que Camilo vive con Juana y su hija bebé Zazil. Juana, por su parte, recibe ahí mismo a Fabiana (Débora Nascimento), una actriz con la que está preparando una película basada en su vida.

La primera mutación de Hombre al agua es como comedia de enredos románticos y sexuales. De manera repentina, Camilo se ve compartiendo casa con un trío de mujeres guapas en las que lee señales que pudieran ser de coqueteo o desprecio. Las personalidades de Juana, Silvina y Fabiana son llevadas ocasionalmente a extremos caricaturescos del capricho y la neurosis. Juana como la rica heredera investida con la autoridad de un artista que puede subordinar a todos a su visión; Fabiana como la actriz de método que se sumerge en su papel al punto de meterse en la cama con Camilo y regañar a Malvina (Anna Díaz), la niñera de Zazil. En ellas hay la chispa y espontaneidad de las protagonistas de una comedia clásica tipo screwball, pero nunca la determinación o personalidad coherente que las haga sentir como algo más que excéntricas molestias para Camilo.

Siendo justos, la película es igualmente esquemática y vaga en su tratamiento de Camilo. Él llega a México como un hombre sin pasado. Cuando finalmente recibimos más detalles, es a través de una fuente extraña y no del todo confiable, y estos tampoco ayudan a construirnos una imagen de él que tenga mucho sentido. La identidad de Camilo parece ser contingente al beneficio que pueda sacar de cada situación. Cuando Juana—indirectamente, a través de uno de los personajes de su película—lo acusa de ser un arribista, Camilo se molesta, no solo porque la acusación es grave, sino con la sugerencia de que en ello hay algo de verdad.

Se siente entonces apropiado que la película se muestre fascinada por las ficciones que parecen realidad. La idea aparece, por supuesto, en la película autobiográfica de Juana. Pero también en el pastiche de una película brasileña en blanco y negro a la que corta constantemente, enfatizando los paralelos con sus propios personajes. Y en los comerciales de campaña que don Abel graba después de una presunta epifanía que lo hace querer ser gobernador de Yucatán. Y finalmente en que, buscando solucionar una disputa sindical dentro de la empresa, uno de los subordinados de Camilo tiene la idea de fingir la filmación de un documental para que los empleados piensen que sus denuncias serán escuchadas—la presencia de Gabriel Nuncio y Francisco Barreiro en esta subtrama pudieran ser un guiño a Lázaro de noche y los juegos del director Nicolás Pereda con la metaficción.

Estas numerosas desviaciones pueden ser frustrantes. Sugieren una película que prefiere distraernos con humo y espejos en lugar de desarrollar su historia principal. Pero de vez en cuando logran efectos aislados interesantes. La película juega con la revelación de que un escenario que pensábamos real se trata de hecho de una grabación. Y hay una secuencia extrañamente conmovedora en la que, a través de un ejercicio de actuación, Camilo y Juana finalmente se dicen lo que nunca pudieron frente a frente. Hombre al agua trata a la ficción como una máscara que disfraza la realidad, pero también como un medio que se puede explorar para llegar a la verdad de quienes somos.

Esta idea plástica de la identidad se conecta con una interrogación de lo latino que se asoma desde sus primeros diálogos. En su juego previo al sexo, Juana le pide a Camilo que no le hable en cubano sino con el neutral acento continental—como burlándose también de que su estrella es un hombre mexicano famoso por interpretar varias nacionalidades en otras películas. El variado elenco de la película dibuja todo un arcoíris. Silvina es argentina, Fabiana brasileña y un cameo de Ricky Martin añade un puertorriqueño a la mezcla. Incluso cuando la historia de Hombre al agua pierde su hilo o propulsión, la película encuentra placeres en cómo los acentos regionales y las diferencias entre culturas colorean sus interacciones más simples.

El otro placer principal de la película está en su fotografía. García Bernal, en su tercer largometraje como director (le preceden Déficit de 2008 y Chicuarotes de 2019), y el cinefotógrafo Fabrizio La Palombara adoptan un estilo visual que a ojos modernos puede leerse como pretencioso pero que es decididamente clásico. La acción se muestra principalmente en planos medios diseñados con un ojo al acomodo de los personajes en la pantalla casi cuadrado, ensamblados con paciencia y precisión gracias al montaje de Yibrán Asuad. 

Esta disciplina me inclina a darle el beneficio de la duda a una película que no es tradicionalmente satisfactoria. La trama alude a las conspiraciones de una cinta criminal, pero nos roba la emoción de irlas descubriendo con su protagonista. Y el final, más que resolver sus enredos románticos, solo los interrumpe abruptamente. Aunque Hombre al agua explora temas sobre la identidad y la interpretación que son centrales a la actuación, no es la obra de un actor que simplemente se pasea casualmente en el mundo de la dirección. Sus tropiezos y asperezas se sienten intencionales, extensiones naturales de una película que nos recuerda que nosotros mismos estamos hechos de contradicciones e incertidumbres.


★★★


Ko-fi

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