(Digger; Alejandro G. Iñárritu, 2026)
La carrera de Alejandro G. Iñárritu se puede dividir en dos periodos muy claros. En el primero, el de sus colaboraciones con el escritor Guillermo Arriaga, su interés radicaba en historias entrelazadas sobre conexiones que aparecen de manera inesperada entre experiencias humanas. Las películas del segundo, cuando él asume la autoría principal de sus guiones, son viajes extravagantes a la mente de individuos complicados, si algo pomposos—Biutiful, una especie de transición, y El renacido, una dura película de supervivencia y venganza, serían las dos anomalías. La evolución se explica, no solo en términos temáticos, sino también formales. Los hilos de las redes narrativas de Amores Perros, 21 gramos y Babel se distinguían a través de juegos con formatos fotográficos. Por su parte, las lógicas fantásticas de Birdman, o la inesperada virtud de la ignorancia y Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades le permitían ejecutar virtuosos y vistosos planos secuencia y espectáculos de monumental escala.
Uno pensaría que los temas importantes que le interesan se complementarían con lienzos cada vez más grandes, permitidos por el reconocimiento que ha acumulado a lo largo de una aclamada carrera. Pero Iñárritu el explorador de la condición humana y el Iñárritu formalista no me terminan de hacer sentido juntos. Entre más grande se vuelven sus películas, más me parece que se tratan solo de sí mismas y sobre la enormidad que pueden montar para la pantalla. Digger, su película más costosa hasta la fecha, muestra la cara más monumental y solipsista de su cine.
El costo de Digger, una cantidad que Hollywood suele reservar para a superhéroes y secuelas, no suena tan descabellado si recordamos que la película también es una especie de monumento a su estrella, Tom Cruise. Bajo una densa capa de maquillaje prostético, él interpreta a Digger Rockwell, un magnate petrolero de Estados Unidos. Los primeros minutos de la película, que evocan los últimos días del protagonista de El ciudadano Kane de Orson Welles, lo muestran en la suntuosa pero fría mansión que parece compartir únicamente con su empleada doméstica Adelia (Mercedes Hernández) y su moribunda gata blanca Maggie. Su rutina es sacudida por una noticia desastrosa. Su proyecto más grande, una plataforma perforadora instalada en Groenlandia, ha provocado el desprendimiento de un iceberg masivo que, si toca tierra, podría ocasionar la muerte de miles y la devastación total del norte de Europa.

La seriedad de este escenario no refleja la seriedad a la que aspira la película. Partiendo con el nombre de su protagonista, que suena a personaje de Los Picapiedra, Digger apunta a un tono paródico, una burla a los hombres que el dinero convierte en intocables y desconectados de la realidad. Cuando uno de los científicos a cargo de la plataforma lo contacta para advertirle del peligro inminente y existencial, minutos antes de que éste ocurra, Digger blande su autoridad y terquedad para convencerlo de actuar contra toda lógica razonable. Cuando un veterinario, quien presume el título de experto mundial en felinos, le dice que Maggie está muriendo, Digger lo despide y remplaza con su médico personal. En el carisma de estrella de cine de Cruise, Iñárritu ve eso mismo que Paul Thomas Anderson encontró al hacer Magnolia, una figura que puede encontrar magnetismo en las actitudes e ideas más perturbadoras.
El resto del elenco contribuye a esta impresión cómica. En el papel del doctor Nirav Ganesh, Riz Ahmed se entrega a la timidez y nerviosismo de un burócrata blandengue que abandonó la Agencia de Protección Ambiental para lavar las mentiras de Digger. La mayor caricatura es John Goodman como el presidente estadounidense Compson, en cuyos gestos vulgares y exagerados se sublima una obvia crítica a la corrupción y la gerontocracia. En sus momentos más feroces, Digger puede burlarse del fervor cristiano y militar, la creencia en su propia infalibilidad y omnipotencia, que caracterizan al gobierno de su país. La película agarra parejo: incluso las energías renovables, algo que se suele pintar en términos políticos progresistas, son tratadas con cinismo. Emma, el personaje de Sandra Hüller, las vende como una alternativa salvadora al mismo tiempo que se aferra a hacer negocios con su hermano Digger.
Pero éste es solo es el primer nivel de la película. El segundo involucra un giro metaficcional que, si bien se revela temprano y es central para su formato y estructura, también es algo que se trata como una revelación sorpresa. Pero no lo explicaré, porque creo que no hace falta hacerlo para considerar sus implicaciones más importantes. Basta decir que, más que querer contar una historia sobre el cambio climático derivado de las acciones del hombre, Digger se va directo contra el mismo acto de contar (cierto tipo de) historias.

Este enfoque tiene algo de sentido si partimos de la idea que de el cambio climático no es solo un problema del medio ambiente sino uno de narrativa. Porque, a pesar de que la investigación científica ha producido una pila abrumadora de evidencia que debería convencernos de su inminente peligro, el rumbo del mundo se sigue rigiendo por el escepticismo, bajo la idea de que las cosas pueden seguir como están. Porque cuesta imaginar un mundo sin petróleo (o carbón, o gas natural) y el modelo económico que se sostiene sobre él. Un punto más cínico tiene que ver con cómo las historias que dicen atacar este estatus quo se dejan absorber por él. Los horrores reales se convierten en laureles para sus artistas. La ira potencialmente transformadora del público en una catarsis temporal que nos adormece ante una existencia desoladora.
Éstas son ideas más o menos atrevidas, y no negaré que Digger, para los estándares del cine comercial estadounidense, es una película atrevida. En términos estrictamente financieros, es uno de los usos más irresponsable que Warner Bros. pudo haberle dado a 125 (o más) millones de dólares. Es una película que quiero celebrar por el simples hecho de que su existencia es tan improbable. Porque de una maquinaria que es típicamente hostil a la visión artística salió lo que luce como la visión más pura y sin adulterar de uno. El producto final se siente como Iñárritu quemando ese dinero junto con todos sus puentes en Hollywood, invirtiendo el presupuesto de un verdadero blockbuster en una película abiertamente odiosa con su público.
La urgencia de su mensaje explica algo el sabor agrio que deja la película. Por qué, a pesar de ser nominalmente una comedia, a lo mucho provoca unas pocas risas entre dientes. Pero, más que desafiante, Digger se siente obvia y regañona. Sus verdades incómodas se presentan en la forma de discursos inertes donde, a través de sus personajes, pontifica más que reflexiona sobre el estado actual del mundo y la verdad. Cuando Digger se enfrenta al parlamento europeo, echándoles en cara la hipocresía con que lo condenan al mismo tiempo que reciben los beneficios de la energía barata del petróleo, ni todo su artificio e ironía disipan la pomposidad con que se articula. La atención se desplaza del mensaje a la supuesta iluminación de la persona que escribió el monólogo (Iñárritu, al lado de Alexander Dinelaris Jr., Nicolás Giacobone y Sabina Berman reciben crédito por el guion). La irreverencia de la película viene acompañada de una pesada solemnidad, de la sugerencia de que siempre está diciendo algo importante y profundo sobre la sociedad en que vivimos y que haríamos bien en prestar atención.

Digger es una producción preciosa. Los escenarios, diseñados por Dennis Gassner y Richard Johnson, mezclan numerosas influencias arquitectónicas en una escala decadente y monumental. Su efecto asombroso es amplificado por los ángulos grotescos de la fotografía de Emmanuel Lubezki. Digger entonces busca sugerir la locura, sea la de su protagonista o la de nuestros tiempos, pero se queda corta de ella. Francis Ford Coppola pudo hacerlo con Megalópolis, arriesgando la comedia involuntaria de sus torpes diálogos y efectos visuales para llegar a ocasionales toques de sublime belleza.
Pero los riesgos de Iñárritu se sienten bastante calculados. Sus influencias, las cuales viste de manera muy transparente, son a otras películas ya reconocidas como respetables y por lo tanto seguras. El magnate de Ciudadano Kane es puesto en medio de una crisis global y los gobernantes idiotas de Doctor Insólito, o cómo aprendí a no preocuparme y amar la bomba de Stanley Kubrick y pintado los absurdos cuadros vivientes del director sueco Roy Andersson. Iñárritu emerge, no como un artista con una voz propia, sino como alguien con un inusual virtuosismo para imitar la de otros. Cruise también se aferra a viejas glorias, pero por lo menos son propias. Digger Rockwell tiene poco en común con la imagen de estrella de acción que ha cultivado por la mayor parte de su carrera, pero se siente a un tiro de piedra del violento y caprichoso ejecutivo cinematográfico que interpretó en Una guerra de película de Ben Stiller.
Digger toma otras películas y otras artes y buscando crear una mescolanza consciente de sí misma. Más que una sátira sobre el cambio climático, aspira a ser una meta-sátira sobre la incapacidad del arte para enfrentarse a tiempos difíciles. Toma la desesperanza que nos provoca el cambio climático y la voltea. Como Greta Gerwig hizo con Barbie, Iñárritu trata de hacer una película que exponga las mismas contradicciones de su realización. El verdadero blanco de su ira parecen ser películas como, por ejemplo, El triángulo de la tristeza o No miren arriba, que se burlan de los ricos pero son producidas o absorbidas por esas mismas élites. Es una idea sólida pero también una simple, y la película la desgasta a través de la insistencia y repetición. Para llegar a ese punto, Digger nos somete a dos horas de un ejemplo burdo de lo que presuntamente ataca. Su crítica más acertada es hacia la inutilidad y arrogancia de películas como ella.
★★

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